• Lo que he aprendido de mi tristeza…

    Nadie quiere sentir tristeza…

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    “- Deja que se vayan, Lucía – dijo la abuela desde algún lugar

    – ¿Quiénes?

    – ¡Las lágrimas! A veces parece que son tantas que sientes que te vas a ahogar en ellas, pero no es así

    – ¿Crees que un día dejarán de salir?

    – ¡Claro! – respondió la abuela con una sonrisa dulce -. Las lágrimas no se quedan demasiado tiempo, cumplen con su trabajo y luego siguen su camino

    – ¿Y qué trabajo cumplen?

    – ¡Son agua Lucía! Limpian, aclaran… Como la lluvia. Todo se ve distinto después de la lluvia”

    (Fragmento de “La lluvia sabe por qué” de Maria Fernanda Heredia).

     

     

    ¿Por qué rechazamos tanto a la tristeza? Nadie quiere sentirse triste. Se ha puesto tanto énfasis en la búsqueda de la felicidad y en el pensamiento positivo, que corremos el riesgo de olvidar que, para ser personas plenas, debemos ser capaces de sentir plenamente; necesitamos aprender a sobrellevar los momentos difíciles y las emociones negativas, como la tristeza, existen para acompañarnos durante esos momentos.

     

    “No está en nuestras manos elegir lo que sentimos, pero sí lo que hacemos con ese sentimiento.”

    La tristeza es la sensación de desasosiego, vacío, decaimiento y desmotivación que aparece ante algún tipo de pérdida, fracaso, decepción o (para los más empáticos), ante el sufrimiento ajeno. Cuando nos invade la tristeza sentimos auténtico dolor; tanto, que algunas personas incluso la temen. Pero en esta vida, la tristeza es inevitable. Si nuestra pareja nos abandona o muere alguien a quien queremos, vamos a sentir una profunda tristeza; no hay otra opción.

    Siempre lo digo, todas las emociones cumplen su función en esta vida. La tristeza nos sumergirá en un refugio para la reflexión; nos envolverá en un estado de recogimiento con la finalidad de permitirnos elaborar la pérdida o fracaso y realizar los ajustes necesarios para el cambio que pueda suponer (Goleman, 1996). En la medida en que esa situación se solucione, o nos adaptemos a ella, la tristeza irá cediendo su paso a otras emociones e iremos cerrando nuestro proceso. Y es que sentirnos tristes ante sucesos tristes es normal y necesario. Muy necesario.

    Pero la depresión es otra cosa. Si la tristeza supone un retiro necesario, la depresión paraliza nuestra vida. Cuando la tristeza permanece durante demasiado tiempo, corremos el riesgo de envenenarnos con ella. Con la depresión, todo nuestro mundo se oscurece, no hay espacio para el crecimiento; realmente, caemos en un pozo. La apatía y la falta de energía irán en aumento, hasta que lleguemos a un punto en el que ya no sepamos qué era lo que nos hacía felices; perdemos las fuerzas para salir de ese pozo, nos rendimos. El aislamiento hará que nuestra única compañera sea esa tristeza tóxica que ya no está para ayudarnos, sino para ahogarnos.

     

     “Sanamos un sufrimiento sólo al experimentarlo en su totalidad” (Marcel Proust)

    Ser capaces de abstraernos de cierto malestar es un mecanismo de defensa contra el dolor. No es cuestión de enterrarse en la tristeza. Pero reprimir constantemente los estados de angustia es bastante patológico. Lo que no se expresa se hace fuerte en nuestro interior; si reprimes tu tristeza, puede que logres evitar cierto sufrimiento puntualmente, pero te va a carcomer; si nunca la dejas salir, acabará encontrando su camino hacia el exterior en forma de emociones extrañas, potentes y aparentemente incomprensibles.

     

    MI QUERIDA TRISTEZA…

    De ti he aprendido que sentirme triste NO es malo; es inevitable. Es necesario. En la vida hay momentos maravillosos y momentos terribles; tú has aparecido con los segundos. Perdí a personas, dejé atrás etapas, abandoné sueños. Me has acompañado cuando tuve que despedirme de todo aquello que se fue de mi vida. Por ello, te doy las gracias.

    Tú me retuviste mientras no podía hacer otra cosa más que llorar y, cuando estuve preparada, dejaste que siguiera mi camino. Aprendí que las cosas llevan su tiempo; aprendí a ir más despacio, más tranquila, más reflexiva.

    En cada momento de dolor, luché para salir adelante. Y así supe que la tristeza no implica debilidad; cuánto daño ha hecho la expresión “llorar es de débiles”; al contrario, las personas más débiles son aquellas que no son  capaces de afrontar sus sentimientos. Hay que ser muy fuerte para mirar a nuestro dolor a los ojos y dejar que fluya. Hay que ser muy fuerte para superar la tristeza y recuperar la alegría. Eso sí que es de personas fuertes.

    Aprendí que eres un sentimiento intransferible; que el camino que se recorre junto a ti, nadie podía recorrerlo por mí. Nadie.

    Pero también aprendí que el dolor compartido, duele menos; que aunque hay caminos que debes recorrer tú mismo, hay gente que te quiere y que está dispuesta a acompañarte. Que compartir alegrías es la sal de la vida, pero que compartir las penas llena el alma.

    Es en los momentos de tristeza cuando aprendes a distinguir las relaciones auténticas de las superficiales. En lo bueno está todo el mundo, pero en lo malo, sólo unos pocos se quedan.

     

    Y un día supe que debías irte, tristeza. Aunque agradezco tu ayuda, sé que no quiero convivir siempre contigo . No quiero una vida llena de tristezas y pesares, sino todo lo contrario.

    Aprendí que si permaneces durante demasiado tiempo con la tristeza, corres el riesgo de acostumbrarte a ella. Sé que debes ser una visita breve y que debo invitarte a marchar antes de que te sientas demasiado cómoda.

     

    Así que he aprendido a valorar la vida. Que la felicidad está en los instantes que saben apreciarse y agradecerse. Los pequeños detalles, las sorpresas agradables. La familia. Compartir unas risas con amigos. En realidad, compartir cualquier cosa. Leer un buen libro. Una comida rica. Aceptar a las personas como son. Ser capaz de querer y de dejarme querer… Si sabes apreciar los pequeños momentos de la vida, la felicidad siempre te rondará.

    Y lo más importante, aprendí que ser feliz no significa vivir sin sentimientos angustiosos. No se puede. Debemos tomar conciencia de todas y cada una de nuestras emociones, agradecer su ayuda y despedirnos de ellas cuando su momento haya pasado.

    Y es que vivir es sentir. Y hay que aprender a sentir…

     

     


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