• Duelo migratorio: el dolor del inmigrante

     EL SILENCIOSO DOLOR DEL INMIGRANTE

    “Emigrar es desaparecer para después renacer; inmigrar es renacer para no desaparecer”.

    Samí Naïr

    inmigrante

     

    La emigración es un fenómeno tan viejo como la humanidad. Millones de personas han dejado sus hogares para emprender una vida nueva en algún lugar del mundo que, en ocasiones, no les ha recibido con los brazos abiertos. España es un claro ejemplo de movimiento migratorio bidireccional: recibimos a miles de personas de distintos lugares del mundo cada año, y se calcula que aproximadamente 2 millones de españoles han emigrado desde 2008.

     

    Cuando alguien decide emigrar, deja atrás el lugar que le vio nacer, los lugares que construyen los recuerdos de toda una vida; deja atrás sus costumbres, sus tradiciones, su cultura; deja atrás a familia, amigos, a personas muy queridas. Deja atrás todo esto, sabiendo que pasará mucho tiempo hasta que pueda volver a verlo; en algunos casos, jamás. Mucho se ha hablado de la importancia de la integración, de la inserción, de la inclusión pero, ¿quién piensa en el dolor del inmigrante?

     

    Antes de continuar, aclarar que no todas las personas que emigran van a sufrir necesariamente un duelo. De hecho, algunos viven experiencias enriquecedoras y positivas de ello, mejoran su calidad de vida, conocen nuevas culturas y disfrutan sintiéndose ciudadanos del mundo.

    Pero, por desgracia, no todos las personas que deciden emprender una vida nueva en un país nuevo tienen la misma suerte. Más común que el duelo es el denominado estrés aculturativo o choque cultural (Martin, 2007); por un lado hay que elaborar el duelo por lo perdido, y por el otro, enfrentarse con lo nuevo y desconocido; en ocasiones, amenazador (Melamedoff, 2012).

     

    Si este choque es muy duro o no se supera pasados unos meses, es  cuando una persona puede sufrir un proceso de duelo migratorio, con las siguientes características (Achotegui, 2009):

     

    • Es un duelo parcial y recurrente: el país de origen, que sería el objeto del duelo, no ha desaparecido; está lejos, pero está. Cabe la posibilidad de contactar y regresar, pueden saber de lo que allí ocurre, sentir por los familiares y amigos que allí quedaron. Se reavivan continuamente los vínculos con el país de procedencia, y eso duele. Puede convertirse en un proceso crónico.

     

    • El regreso del inmigrante es una nueva migración: si se llega a regresar al país de origen, llega una persona muy diferente de la que se marchó,  a un país que también ha cambiado. El inmigrante puede llegar a sentir que ya no pertenece a ningún lugar.

     

    • Se pueden dar sentimientos contradictorios hacia el país de origen y hacia el país de acogida: respecto al país de origen se puede tener un sentimiento de amor, pero también un sentimiento de rabia, viéndolo como una mala madre que no le dio lo que necesitaba. Respecto al país de acogida se puede sentir cariño por los vínculos que se están estableciendo, pero también rabia por lo difícil que es la adaptación.

     

    • El duelo migratorio es transgeneracional: si los inmigrantes no llegan a ser ciudadanos de pleno derecho en el país de acogida, este duelo también lo sufrirán los hijos y nietos de los que emigran.

     

    Como ya comentábamos antes, la complicación aparece porque es un duelo compuesto de muchos duelos:

    • Duelo por la familia y los amigos: imagina dejar a padres enfermos, a los hijos, a los hermanos… Además del dolor por la separación, puede derivar en sentimientos de culpa que empeoran el estado emocional.

     

    • Duelo por la lengua materna: que simboliza las relaciones que el niño desarrolló con sus figuras de apego infantil; el idioma de cada uno, conlleva una gran carga emocional.

     

    • Duelo por la cultura: todo es diferente; el modo de acercarse a la gente, de hacer amistades y de establecer relaciones; la forma en que se expresan emociones, las diferencias de género…

     

    • Duelo por la tierra: por el paisaje y el clima. Tiene muchísima carga emotiva y puede dar lugar a la idealización extrema o a sentimientos ambivalentes de amor-odio hacia la propia tierra.

     

    • Duelo por la situación social: el fracaso del proyecto migratorio y la incongruencia de la realidad con las expectativas que se tenían

     

    • El duelo por la identidad étnica: si el inmigrante o el país huésped tienen un fuerte sentimiento nacionalista. Esto se encuentra muy relacionado con a pérdida de seguridad física que algunos inmigrantes viven al encontrarse con grupos racistas y violentos.

     

     

    Los principales sentimientos que aparecen cuando se sufre un duelo migratorio son:

    • Nostalgia: el síntoma principal. Representa la pérdida de todas las cosas que dejaron en el país de origen (los seres queridos, el hogar, la tierra y el paisaje). Muy relacionado con la soledad y la tristeza.

     

    • Preocupación: el segundo síntoma más frecuente. Está relacionado con la decepción y el fracaso total o parcial del proyecto que se tenía, con la dificultad para encontrar trabajo y, de nuevo, la soledad.

     

    • Miedo: es el tercer factor; se relaciona con la manera en que se ha salido del país de origen y el modo en que se entra en el país de acogida. No es lo mismo viajar en avión y en situación legal, que los viajes ilegales y escondidos, las pateras y las mafias. Al llegar al país de acogida el miedo perdura por la condición de ilegalidad y por las posibles agresiones o la persecución policial. También se relaciona con el miedo a enfermar o morir en un país, lejos de todos tus seres queridos, seas legal o ilegal.

     

    • Temor a la pérdida de identidad: es un factor poco frecuente. Si el choque cultural es muy fuerte o los habitantes del país huésped muestran rechazo, el inmigrante podría desarrollar cierto rechazo a integrarse en esa nueva sociedad. Aumentan los sentimientos de arraigo hacia la cultura propia y a la lengua; se intensifica la búsqueda de contacto con compatriotas, rechazando las relaciones con personas autóctonas del nuevo país.

     

    Si no se resuelve bien este duelo, podría derivar en un duelo patológico, depresión, estrés postraumático y diversos trastornos de ansiedad; si no se presta la atención necesaria, se producirán cambios más permanentes, llegando a alterar incluso la estructura básica de  la personalidad (Grinberg y Grinberg, 1996).

     

    Por ello, deberíamos pararnos a pensar en lo que supone abandonar el país de origen para comenzar una vida en un nuevo lugar. Algo que va mucho más allá de la integración. Puede suponer un proceso emocional realmente duro y doloroso que también requiere de apoyo y ayuda.

     

     


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