• El desafío de ser padres y madres

    LA PATERNIDAD ES UNA TAREA PARA TODA LA VIDA

    padres y madres

    Los niños no nacen con un manual debajo del brazo, y a pesar de ello, la mayoría de los padres y madres sacan adelante a hijos emocionalmente sanos. La relación con un hijo se va gestando paso a paso, desde su primer día de vida (o incluso antes).

     

    La primera y más importante cualidad de los padres y madres es tener la capacidad de apegarse a su hijo. Ser capaces de desarrollar un vínculo seguro, una relación sana en la que cubrir sus necesidades biológicas y, sobretodo, afectivas. El apego es la primera relación que se tiene en esta vida, a partir de la cual, cada niño sentará las bases más primarias para querer y dejarse querer, para sentir y expresar sus emociones positivas y negativas y, en definitiva, para el desarrollo de su personalidad. Ver artículo: apego: los primeros momentos importan

    Pero la relación con un hijo va más allá de sus primeros meses de vida, la tarea continúa y evoluciona con los años, y los padres deben adaptarse a las nuevas necesidades y desafíos que van surgiendo.

     

    Gran parte de la experiencia de ser padres y madres es guiada por una especie de piloto automático, un instinto que nos va indicando qué hacer en cada momento. Y ese instinto viene de nuestra propia historia familiar; si un padre creció envuelto en una dinámica sociofamiliar sana, llevará de fábrica la capacidad de cubrir, sin grandes dificultades, las necesidades educativas y emocionales de sus hijos. Si los padres no tuvieron esa suerte, la tarea puede hacerse más complicada, o quizás no; no olvidemos que todos poseemos cierto grado de resiliencia; esa capacidad de que nos brinda la oportunidad de aprender, crecer y dar algo mejor de lo que tuvimos.

     

    El primer pilar de la familia es el amor. Demuestra tu amor y deja que tus hijos lo demuestren. Expresa afecto y cariño sin límites, que eso nunca sobra. El amor del bueno no ahoga a tus hijos, todo lo contrario les nutre y les ayuda a crecer sanos. Crea un entorno en el que no teman ser ellos mismos. En este clima de confianza deben sentirse libres de expresar sus emociones; y nosotros debemos estar preparados para aceptarlas. Por ejemplo, si tu hijo dice que tiene miedo, evita frases como  “vaya tontetía, eso no da miedo”; al contrario, acepta su emoción y ofrece estrategias para afrontarla. Recuerda que lo que uno siente es real, aunque las razones sean irreales.

     

    Tú eres el ejemplo que ellos siguen. Habrá cosas que haces que imitarán; pero habrá otras, más profundas, con las que se van a identificar para incorporarlas a su personalidad. A través de un complejo proceso de identificaciones, desarrollamos nuestra forma de ser, junto a nuestra forma de estar en las relaciones con las demás personas.

    Por ello es importante que aceptemos que nuestros hijos no tienen que ser copias de nosotros. Respetemos que son personas independientes y que, a medida que crecen, van necesitando mayor autonomía. Si intentamos convertir a nuestros hijos en algo que no son, estamos coartando ese fino proceso de identificaciones y, con ello, dificultando el desarrollo de una identidad y autoestima sanas.

     

    Como todo en esta vida, unas veces se acierta, y otras se falla. No existen los padres perfectos, los que no se equivocan jamás. Una cosa es intentar hacer las cosas lo mejor posible; otra muy distinta es crearnos expectativas poco realistas, tanto de nosotros como de nuestros hijos. Si esperamos ser perfectos, o que lo sean ellos, estamos condenados a la frustración.

    Es más, en algunas ocasiones, equivocarnos y ser capaces de reconocer nuestro error, es una de las mejores lecciones que podemos darles. Les enseñas, con el ejemplo, a levantarse cuando caigan, a que reconozcan sus errores y a  que aprendan de ellos, en lugar de negarlos y culpar a los demás. Si les has ofendido, pide perdón; aprenderán así a perdonar y a disculparse de corazón cuando ellos hagan daño a alguien.

    Deja que tus hijos se equivoquen. Si tratas de evitarles toda dificultad, aunque tu intención sea buena, estás coartando el desarrollo de su resiliencia, de su capacidad para afrontar las adversidades de la vida y superarlas. Tú estarás ahí para aconsejarles y brindarles tu apoyo incondicional, pero no para hacer las cosas por ellos. Recuerda que la sobreprotección trae consigo graves problemas para el desarrollo sano de los niños.

     

    Los niños necesitan disciplina, límites y normas; con ellos aprenden que el mundo es un lugar seguro y predecible. Poner unos límites razonables pero firmes a nuestros hijos tiene muchos beneficios, más allá de la evidente función educativa. Pero estos límites deben aplicarse de manera democrática. Nunca sobran las explicaciones, la negociación y la comprensión. Escucha a tus hijos y ellos te escucharán más adelante. Grítales, insúltales o amenázales y eso será lo que venga de vuelta, hacia ti o hacia otros niños, como hermanos o compañeros de clase.

    La cosa empeora con el castigo físico. Muchas personas defienden que “una bofetada a tiempo” no es maltrato. Yo matizo que sí lo es, porque en el maltrato también hay grados; una bofetada es leve, una paliza es grave; pero eso no convierte a la bofetada en algo positivo.

    Una bofetada a tiempo no arregla nada; puede que aprendan que no deben comportarse mal en tu presencia por miedo, pero no interiorizarán la norma moral ni el respeto saludable. Si los golpes son una opción educativa frecuente les estás enseñando una interesante lección. Les estás enseñando que esa es una forma como cualquier otra para resolver sus problemas. Que la fuerza física vale más que las palabras. Que puede imponerse al más débil. O que si alguien es más fuerte que él o ella, tiene derecho a hacerle daño. Imagina el modelo de relación que están adquiriendo y las posibles consecuencias que eso puede tener.

     

    Da a tus hijos el amor suficiente para que aprendan a amar y a sentirse amados. La seguridad y aceptación suficientes como para confíen en ti así como en sí mismos. La autonomía suficiente como para que crezcan como personas independientes, con una identidad fuerte. Protégelos sin sobreprotegerlos. Deja que se equivoquen sin abandonarles. Pon límites y normas, pero no las impongas con rigidez. Y, por favor, no pegues a tus hijos.

     

     


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