El efecto espectador: ayudar o pasar de largo

Cuando la responsabilidad se diluye

el efecto espectador

El ser humano posee la capacidad de empatizar y preocuparse por el bienestar de otros, de auxiliar y de compartir con los que necesitan ayuda. Pero, paradójicamente, también destaca por su insensibilidad, su indiferencia y su pasividad ante el sufrimiento ajeno.

Creemos que si tenemos un problema en un lugar público estaremos a salvo, pero esta suposición no siempre es acertada. A veces, la presencia de otras personas reduce o diluye nuestro sentido de la responsabilidad hasta tal punto que llega a desaparecer y, al final, nadie hace nada. Este proceso de inhibición del altruismo es lo que se conoce como “efecto espectador”.

 

 

En los años 60 una joven llamada Kitty Genovese fue apuñalada frente al portal del edificio en el que vivía. Varios vecinos escucharon los gritos o incluso presenciaron la escena, pero nadie hizo nada para evitarlo; nadie bajó para socorrerla y la llamada a la policía llegó demasiado tarde. La falta de reacción de los testigos despertó un fuerte rechazo de la opinión pública y el caso se hizo famoso. Los psicólogos Bib Lattane y John Darley (1970), decidieron investigar qué era lo que sucedía en las situaciones de emergencia cuando no se ayudaba a una persona que en apuros.

 

Como afirmaron estos psicólogos, si una persona constata que existe un problema y es la única que puede resolverlo, será más probable que haga algo, pues en caso contrario sentiría culpa. Pero si hay otras personas presentes, la responsabilidad se repartirá y el dedo acusador no señalará a nadie directamente. Todos pensarán “alguien hará algo”, y seguirán con su vida como si no pasara nada.

 

 

Pero, ¿cómo opera el efecto espectador?

La explicación la encontramos en nuestra propia naturaleza social. Desde que nacemos, somos educados mediante procesos de socialización con nuestros padres e iguales en los que se nos enseña a hacer lo que vemos que otros hacen. Tenemos, por lo general, necesidad de comportarnos como el resto; aunque no queramos reconocerlo somos, quien más quien menos, vulnerables a la influencia de la mayoría.

 

Desde luego que hay gente más inconformista, que va contra corriente, que se ve menos influenciada por las normas sociales o por lo que se cataloga como “normal”. Pero el caso es que, ante una situación ambigua, el ser humano tiende a observar lo que sucede a su alrededor para sacar conclusiones. Si vemos a alguien en apuros pero nadie está haciendo nada, algo en nuestro cerebro nos indicará que quizás nuestra primera valoración fue errónea, que no es tan grave o que incluso podría ser peligroso actuar.

 

El efecto de la mayoría puede ser tan potente, que altere nuestra propia interpretación de una situación. Para demostrarlo, Lattane y Darley llevaron a cabo un experimento que consistía en exponer a los participantes a una situación de posible riesgo. Se les metía en una habitación cerrada en la que empezaba a colarse humo por debajo de la puerta. Algunos participantes estaban solos en la habitación; otros, estaban acompañados por varios colaboradores, que debían permanecer sentados, en calma, e ignorar el humo. Los participantes que estaban solos salieron de la habitación casi sin dudarlo, en pocos segundos. Los que estaban en grupo, permanecieron sentados durante mucho más tiempo.

 

Este fenómeno de “ignorancia colectiva” no sólo tiene su peso a la hora de ayudar a otros, sino a la hora de ayudarnos a nosotros mismos. Pensamos “si la gente está tranquila, es porque no hay peligro”, aunque sí lo haya. El miedo es contagioso, pero la calma también.

 

Es la ambigüedad de la situación lo que nos empuja a mirar fuera y observar al resto. Si, por ejemplo, en vez de humo, hubiera fuego, los participantes no se habrían quedado sentados por mucho que los demás sí lo hicieran. Lo mismo ocurre a la hora de prestar ayuda; si una persona tropieza y cae, sabemos lo que le ha pasado y no dudamos en echarle una mano; pero si está tirada en el suelo, al no conocer la causa, surgen las dudas. Esto se ha demostrado en varios experimentos en los que los actores llegaron a permanecer horas tirados en el suelo sin que nadie les ayudase, frente a una de las estaciones de metro más concurridas de Londres.

 

Otra razón por la que la gente adopta una actitud pasiva, es porque se sienten incapaces de hacer nada. Por el miedo a que evalúen nuestra actuación y juzguen si lo hemos hecho mal. Esto es fruto de la inseguridad o de la falta de competencias. Es más, las personas capacitadas o seguras, suelen ser las que finalmente se detienen y hacen algo.

 

 

Y negamos la realidad para mirar hacia otro lado…

Es curioso cómo actúa el proceso de la negación en nuestras mentes; cómo consigue tratar ciertos aspectos de la realidad, como si no existiesen. Simplemente negamos su existencia, aunque en el fondo sabemos que está ahí.

Esa persona que sabe que su pareja le está siendo infiel, pero mira hacia otro lado. Quien ve que un ser querido está teniendo problemas, pero desvía la mirada y no le atiende. Quien sabe que está enfermo, pero no es capaz de reconocerlo. Es increíble la capacidad que puede llegar a tener el ser humano, para negar cosas que están ahí, que son desagradables, pero en las que no quiere pensar.

Lo mismo ocurre con otras realidades que pueden ser ajenas a nuestra vida, pero no al mundo en el que vivimos: guerras, muerte, hambre, la miseria y el desgarro de miles de seres humanos. El sufrimiento animal que hay detrás de nuestras cremas, de nuestra comida… Pensar en todo eso sería demasiado desagradable, nos obligaría a hacer un esfuerzo por cambiar, y hay mucha gente que no está dispuesta a cambiar, como si su lema fuera: cierra los ojos y sigue con tu vida como buenamente puedas.

Cuando algo amenaza nuestro bienestar emocional o desborda nuestros recursos, nuestra mente pone en marcha una serie de mecanismos de defensa para evitar el sufrimiento, para no afrontar ciertas realidades.

La negación podría ser el mecanismo de defensa más usado en nuestros días, pues supone una auténtica anestesia ante el choque de la cruda realidad, tanto cercana como lejana. Protege, pero a la vez nos hace insensibles; nos impide hacer de este mundo un lugar un poquito mejor.

No hagas de la negación una forma de vida. Toma las riendas de tu realidad y, porqué no, intenta contribuir a que las cosas mejoren, pon tu granito de arena. Abre los ojos y haz algo.


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septiembre 7, 2016

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