Elección de pareja ¿Es realmente una elección?

¿Hasta qué punto elegimos a nuestra pareja? 

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Algunas personas se pasan la vida tropezando con la misma piedra; una y otra vez caen en relaciones complicadas que acaban desembocando en dolorosas rupturas. Otros, quizás hayan tenido una serie de relaciones saludables que simplemente finalizaron. Pero, si se fijan bien, descubrirán que todas ellas tenían algo en común: el aspecto físico de la pareja, sus gustos o intereses, las discusiones, el motivo de ruptura…o quizás algo mucho más inconsciente.

 

¿Qué determina la elección de pareja? ¿Por qué no podemos elegir de quien nos enamoramos? Las razones son diversas y abarcan aspectos biológicos, físicos, emocionales, cognitivos y sociales. Y lo que es aun más importante, algunos aspectos son conscientes y se pueden expresar con frases y pensamientos (“me gusta su físico”, “me cuida” “es una buena persona”…); y otros son mucho más inconscientes.

Y es que, en el fondo, el enamoramiento tiene muy poco de elección; es un proceso muy complejo en el que intervienen factores conscientes e inconscientes que suelen escapar a nuestro control (Neuberger, 1998). El amor, más allá de la mera atracción sexual entre dos personas, viene a cubrir una serie de necesidades, carencias y deseos muy profundos que nos llevan a elegir a esa persona como compañero o compañera de vida.

 

Todos tenemos un “modus operandi” en la elección de pareja, un patrón más o menos estable, determinado por motivaciones muy personales que no tienen porqué ser del todo conscientes.

Por ejemplo, cuando lo que motivó nuestra elección de pareja fue inconsciente, lo más seguro es que acabemos preguntándonos..”¿pero qué vi yo en esta persona? Por otro lado, cuanto más rígido sea nuestro patrón, más veces nos preguntaremos “¿Por qué sólo atraigo a este tipo de gente?”

 

La buena noticia es que este patrón se puede modificar. A lo largo de nuestra vida, viviremos experiencias junto a otras personas; experiencias que dejan huella. La primera relación de un ser humano es la relación de apego con sus padres; este vínculo es el primero y es importante, pero no es el único. A medida que crecemos nuestras relaciones van adquiriendo importancia, nos influyen del mismo modo que nosotros también podemos influir en ellas (Cyrulnik, 2002). Todo esto va perfilando una serie de preferencias inherentes a nosotros mismos que tendrán un peso enorme en la elección de pareja.

 

En muchas ocasiones la elección de pareja se realiza en base a aspectos saludables que dan lugar a relaciones saludables. En otros casos, no tanto. Veamos algunos ejemplos:

  • Podemos sentirnos atraídos por aspectos físicos como el color de pelo o la forma de vestir; aspectos sociales, como la nacionalidad o el estatus; los intereses comunes, la personalidad, la educación y los factores socioculturales que nos rodean (Garrido y Espina, 2007; Villegas y Mallor, 2010).

 

  • Desde la Psicología Social, se entiende que nos sentimos más atraídos por lo que es similar a nosotros, buscamos a alguien con quien tengamos algo en común.

 

  • Sin embargo, puede darse el proceso contrario. Muchas personas se sienten atraídas por aquellas cualidades de la pareja de las que ellos mismos carecen, para cubrir sus propias carencias (Villegas y Mallor, 2010). Por ejemplo, una persona tímida puede elegir a alguien muy extrovertido para mejorar sus relaciones sociales. De esta forma, la pareja viene a complementar algo que le falta al otro, dando lugar, por poner un ejemplo, a relaciones en las que predomina la admiración de uno de sus miembros hacia el otro.

 

  • Es normal reproducir en nuestra pareja, de algún modo, los patrones de relación de nuestros padres, tanto la observada entre ellos, como la que tuvimos con uno de los dos; este es un proceso muy complejo, pues cada persona elabora a su manera la reproducción de estas experiencias, no siendo nunca una mera y simple copia (Garrido y Espina, 2007). Por ejemplo, uno podría buscar a una pareja que le recuerde de algún modo (aunque solo sea por un rasgo) una infancia feliz en la que se sintió querido y protegido. Otra cosa es cuando se repite un modelo de relación doloroso.

 

  • En otros casos, se busca y elige exactamente lo contrario al modelo de relación de los padres (Garrido y Espina, 2007). Por ejemplo, una persona con un padre muy autoritario, podría buscar parejas más sumisas, huyendo así de repetir una relación que no le proporcionó felicidad durante la infancia.

 

  • Al enamorarnos siempre activamos en mayor o menor medida el mundo de la fantasía y del deseo. Durante la fase del enamoramiento se idealiza a la persona objeto de amor, a la que se dota de las cualidades que cada uno considera más deseables, incluso aunque esa persona carezca de ellas (Villegas y Mallor, 2010). Puede suceder que alguien se enamore más de su propia fantasía idealizada que de su pareja real, dando lugar, por ejemplo, a relaciones en las que uno estará constantemente intentando cambiar al otro, sin aceptar cómo realmente es.

 

  • En otros casos, las personas podrían buscar en el otro justo lo que más odian, de modo que utilicen a la pareja como “percha” para poder colgar sus propios defectos (Garrido y Espina, 2007).

 

 

En conclusión, el amor puede recorrer mil caminos distintos hasta llegar a nosotros, poniendo en marcha complejas dinámicas internas. No son las características del otro como tales las que nos atraen, sino la interpretación y valoración que cada uno hace de esas características. La elección de pareja tiene mucho más que ver con nosotros mismos que con la persona de la nos enamoramos.

 

Elegimos pareja en función de nuestra propia forma de ver el mundo y entender las relaciones y, sobretodo, en función de cómo nos vemos y valoramos a nosotros mismos. Debemos dejar de preguntarnos qué es lo que vemos en el otro y volverla vista hacia nuestro interior. El primer factor que determina una buena elección de pareja no es otro que nuestra propia autoestima y nuestro autoconocimiento personal.

 

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Bibliografía:

Cyrulnik, B (2002). Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida. Ed: Gedisa

Garrido, M. y Espina, A. (2007). Terapia familiar. aportaciones psicoanalíticas y transgeneracionales. Ed. Fundamentos

Neuberger, R. (1998). Nuevas parejas. Ed: Paidós

Villegas, M. y Mallor, P. (2002). Consideraciones sobre la terapia de pareja: A propósito de un caso. Revista de Psicoterapia 21 (81); 37-106

enero 31, 2015