• Emociones sanas y emociones tóxicas

    ¿PODRÍA SER POSITIVO TENER EMOCIONES NEGATIVAS? 

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    ¿Hay emociones buenas y emociones malas? Podríamos pensar que la tristeza o el miedo son emociones negativas, que provocan sensaciones generalmente desagradables. Pero en realidad, ninguna emoción es perjudicial en sí misma, ya que todas ellas están ahí para cumplir una determinada función.

     

    Nuestras emociones son parte de nuestra inteligencia, una inteligencia basada en la creatividad, la espontaneidad y la intuición. Todas las emociones tienen algo que decirnos y deberían ser escuchadas, ya que son ellas y no la lógica, las que nos permiten afrontar las situaciones más difíciles de nuestra vida; las que nos ayudan a tomar decisiones que la razón pura nunca resolvería, como dejar a tu pareja o persistir en un objetivo pese a la frustración (Goleman, 1996; Greenberg, 2000).

     

    ¿Qué son las emociones?

    Las emociones son esencialmente impulsos rápidos que llevan a la acción y nos predisponen para un estado de ánimo que perdura algo más que la emoción que lo provocó. El cerebro emocional se aloja biológicamente en un conjunto de estructuras nerviosas denominado sistema límbico, que actúa antes que la parte del cerebro más racional. Así, aunque no podemos controlar lo que vamos a sentir, si que podemos controlar nuestra reacción posterior y el estado de ánimo en que nos encontraremos (Goleman, 1996).

    Las emociones positivas como la alegría o la satisfacción nos hacen sentir bien y nos empujan a llevar a cabo acciones agradables (quedar con los amigos, enamorarnos…). Promueven el crecimiento personal y nos preparan para posibles dificultades; por ejemplo, sintiéndonos bien, hemos creado una buena red social que nos sostenga en los momentos difíciles (Vecina, 2006). Pensar en el valor adaptativo de estas emociones positivas no es difícil, pero hoy en día tampoco cabe duda del valor de las emociones negativas, como veremos a continuación.

    Sin embargo, en ocasiones nuestras emociones nos desbordan, se vuelven incontrolables, permanecen demasiado tiempo con nosotros y comienzan a causarnos problemas. Es entonces cuando adquieren un matiz negativo; es cuando las emociones se vuelven tóxicas. Hoy nos vamos a centrar en tres emociones de las llamadas primarias: ira, miedo y tristeza.

     

     

    ENFADO E IRA:

    Cuando alguien nos amenaza a nosotros o a nuestros seres queridos, surge una emoción casi de inmediato: la ira. Si alguien nos trata injustamente o intenta hacernos daño, nos enfadamos. El enfado cumple una función clara: te activa y te pone en marcha para buscar salida a una situación desagradable; es una emoción energetizante, fortalecedora del ego, que nos ayuda a enfrentar situaciones injustas. En términos biológicos, el enfado o ira sería una respuesta de lucha, en contraposición a la de huída (Goleman, 1996).

    Sin embargo, cuando la ira nos desborda, puede comprometer seriamente nuestra capacidad de razonamiento, provocando un secuestro emocional que hace al enfado incontrolable. Si no sofocamos el incendio a tiempo, el enfado puede convertirse en rabia, cólera y incluso llevarnos a actuar con violencia y agresividad. Cuando interpretamos toda dificultad o frustración como un agravio hacia nuestra persona, o cuando volvemos en el recuerdo a la situación que lo provocó una y otra vez,  alimentándolo de pensamientos de venganza, rencor y odio, el enfado se vuelve tóxico. Cuando la ira nos induce un estado de ánimo irritable y nos convierte una bomba de relojería, el enfado se vuelve destructivo (Goleman, 1996; Stamateas, 2012).

    Si queremos expresar nuestro enfado, es mejor hacerlo tras un enfriamiento en el que hayamos podido reflexionar sobre nuestros sentimientos y sobre el torrente de pensamientos incendiarios que lo alimentan. No debemos reprimir nuestro enfado, pero tampoco darle rienda suelta para que se apodere de nuestros actos (Goleman, 1996).

     

    MIEDO Y ANSIEDAD:

    Párate a pensar por un momento en cuantas cosas te preocupan o angustian últimamente. Ser capaces de reconocer una dificultad cuando aparece, reflexionar sobre nuestros problemas, anticipar posibles peligros y buscar soluciones es una actitud normal e inteligente. Ante una situación compleja, la respuesta de estrés es la reacción natural; nos prepara para la acción y permite que focalicemos todos nuestros recursos en el reto que se pone ante nosotros.

    Pero cuando se apodera de nuestro cuerpo y nuestra mente provocando reacciones intensas e incontrolables (ataques de pánico), cuando aparece el miedo irracional a situaciones que no deberían provocarlo (hacer un examen, hablar en público, ir en metro…), o se queda más de la cuenta sin concluir en una solución (estrés crónico), adquiere un matiz muy negativo. Cuando damos vueltas y vueltas “rumiando” nuestros problemas, cuando nos volvemos adictos a las preocupaciones, cuando vivimos en permanente sensación de alerta y  nunca encontramos una solución adecuada, es cuando la ansiedad se vuelve toxica (Goleman, 1996).

    No debemos ver el estrés sólo como un enemigo, pues en pequeñas dosis, es un poderoso aliado que nos ayuda a superar retos; todas las personas necesitan cierta dosis de presión para ponerse en marcha (Stamateas, 2012). La clave por tanto es tener recursos para regular la respuesta de estrés y hacerla manejable; por ejemplo, saber detectar el ruido emocional de la preocupación constante y frenarlo a tiempo o aprender a relajarse y hacerlo antes de que la respuesta de ansiedad sea demasiado fuerte.

     

    TRISTEZA Y DEPRESIÓN:

    La tristeza es una de las emociones más desagradables que existen; nadie quiere sentirse triste, pero en algunas ocasiones es inevitable. Si hemos vivido una pérdida (un despido, una ruptura de pareja, la muerte de un ser querido…), la tristeza nos sumergirá en un refugio para la reflexión que nos permitirá elaborar la pérdida y realizar los ajustes necesarios para el cambio que supone (Goleman, 1996).

    Pero la depresión, sin embargo, es patológica. La depresión no nos proporciona un retiro o descanso, sino que paraliza nuestra vida. Cuando todos nuestros pensamientos se enfocan a las cosas negativas que nos suceden, dejando fuera cualquier atisbo de positividad, la tristeza se vuelve venenosa. Lo mismo sucede cuando la apatía y la falta de energía hacen que nos aislemos más y más de nuestros seres queridos e impide que nos involucremos en actividades que podrían mejorar nuestra vida.

    Sentirnos tristes ante cosas tristes es normal. Ser capaces de abstraernos de cierto malestar es un mecanismo de defensa contra el dolor. Pero reprimir constantemente los estados de angustia y tristeza es patológico; puede que si lo hacemos logremos evitar el sufrimiento en ese momento, pero la tristeza reprimida puede salir en forma de emociones más fuertes que nos asaltarán sin saber ni siquiera de dónde vienen y, a largo plazo podemos llegar a un punto en que no nos reconozcamos ni a nosotros mismos.

     

    En conclusión, ser feliz no significa vivir sin sentimientos angustiosos, porque no se puede. No podemos evitar sentirnos mal cuando algo malo nos sucede; tampoco es aconsejable ignorar las emociones negativas sistemáticamente. La clave está en tomar conciencia de ellas y saber valorar cuando una emoción nos está avisando de algo, o por el contrario nos está “intoxicando”.

    Como decíamos anteriormente, no podemos elegir qué emoción vamos a sentir, pero sí podemos ejercer control sobre nuestro estado de ánimo. La herramienta más importante está en nuestra propia mente que, al reflexionar, gestiona y amortigua (pero no elimina) el poder de las emociones.

     

    Debemos desarrollar los recursos necesarios para regular las emociones en intensidad y duración. Estos recursos de se adquieren de forma natural durante la infancia, etapa durante la cual “los niños aprenden a calmarse tratándose del mismo modo en que los demás les han tratado a ellos” (Goleman, 1996). Pero si estos recursos no se adquirieron en ese momento y hoy sufrimos por ello, existe solución; la Inteligencia Emocional se puede desarrollar a cualquier edad mediante la ayuda de un psicólogo especialista en emociones.

     


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     Bibliografía:

    Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Ed. Kairos

    Greenberg. L. (2000). Emociones: Una Guía Interna. Ed.: Esdesclee

    Stamateas, B. (2012). Emociones tóxicas.

    Vecina, M.L. (2006). Emociones Positivas. Papeles del Psicólogo; vol. 27 (1). Visto en: http://www.papelesdelpsicologo.es/vernumero.asp?id=1280

     

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