• Estimulación temprana de la Inteligencia Emocional

    LAS BASES DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL PUEDEN COMENZAR A DESARROLLARSE  DESDE LOS PRIMEROS MESES DE VIDA. 

    LOS HITOS DEL DESARROLLO EMOCIONAL DE ESTA PRIMERA ETAPA SON: LA REGULACIÓN AFECTIVA Y LA CAPACIDAD REFLEXIVA

    estimulación temprana

    La regulación afectiva está profundamente ligada a su base cognitiva, la denominada capacidad reflexiva. Se trata de la capacidad de pensar en los estados emocionales y mentales propios y ajenos. Las relaciones tempranas de apego suponen el escenario en el que se desarrolla dicha capacidad reflexiva. Aunque la estimulación temprana de la Inteligencia Emocional, a la que vamos a hacer referencia aquí, es esencial, sigue evolucionando a lo largo de toda la infancia, adolescencia y vida adulta.

    Ver: Relación de apego y desarrollo cerebral

     

    La capacidad reflexiva, o también denominada “mentalización”, es la que permite comprender las emociones, intenciones y pensamientos propios y ajenos, aquello que no se observa, pero se infiere (Fonagy y Target, 2000; Fonagy, 2004; Fonagy y Bateman, 2008). Constituye un importante hito del desarrollo, que se da durante la primera infancia, en el escenario de una relación de apego segura (aunque siempre hay posibilidad de desarrollarla más tarde). Aprender a identificar las propias emociones y, sobretodo, a pensar en ellas, es el primer paso para desarrollar la capacidad reflexiva y se aprende a través de un complejo proceso que trataré de explicar:

     

    El niño está sufriendo por algo y manda una señal a la persona que está con él, en forma de llanto: “estoy sufriendo mucho, no se qué hacer, te mando este sufrimiento a ti, a ver si puedes hacer algo”. Al adulto que está vinculado emocionalmente con el niño, lo que le llega es toda su angustia. El niño pasa al adulto aquello que no puede digerir. Para poder devolver un reflejo de esa emoción ya digerida, el adulto debe tener cierta capacidad reflexiva, ya que tiene que hacerse una idea mental de lo que el niño siente; una vez hecha esa representación mental de la emoción, podrá calmarle y devolvérsela de una manera manejable. Le está dando el modelo de alguien capaz de calmar el sufrimiento, y el niño comenzará a hacer suya esa imagen, para poder empezar a conocerse, aceptarse y calmarse a si mismo en futuras ocasiones.

    Devolver al niño una versión más manejable de sus estados emocionales facilitará la génesis de estrategias de regulación emocional y le ayudará a ir organizando una identidad coherente (Fonagy, 2004; Fonagy y Bateman, 2008). Es comprensible pensar que un sistema de apego seguro y sensible será el campo de práctica perfecto para el desarrollo de esta capacidad, pues equivocarse no trae consecuencias negativas. Es en este tipo de relaciones en las que el niño puede aprender a manejar sus sentimientos, con la seguridad de saber que, si no lo consigue, siempre habrá alguien ahí para ayudarle.

     

    El niño que no es recogido ni cuidado durante sus primeros meses de vida, va a aprender muy pronto que no hay nadie ahí fuera que le pueda contener. Y si eso no lo aprende recibiéndolo, no va a poder ser continente de si mismo, no va a aprender a tolerar las experiencias dolorosas de la vida, porque nadie le enseñó. Hoy se sabe que abandonar a un niño en su angustia, además de afectar a regulación afectiva, podría provocar escasa tolerancia a la frustración e impulsividad. Han aprendido que si no se obtiene lo que se desea inmediatamente, el sufrimiento es intolerable y que la espera nunca trae nada bueno.

     

    Es sencillo, si a un niño que ya entiende lo que se le dice, no le explicas nada o le dices que lo que le pasa es una tontería, se va a quedar con toda su angustia sin saber ponerle un nombre. Si le calmamos y le decimos, “estoy contigo”, aprenderá que en el mundo hay gente en la que confiar. Si, además, le explicamos qué le sucede, aprenderá a entender qué es lo que le pasa, a pensar en ello; desarrollará la importante capacidad reflexiva.

     

    Si el cuidador supone una amenaza, equivocarse al reflexionar sería demasiado peligroso; al no contar con un campo de entrenamiento óptimo, estos niños generarán una capacidad de mentalización limitada y rígida. Esta capacidad no llegará a desarrollarse del todo, por lo que los niños se quedarán a medias en su percepción de la mente de de sí mismos y de los otros. Su realidad mental adquirirá para ellos carácter de realidad absoluta, no serán capaces de comprender otras perspectivas que no coincidan con la suya y perderán la capacidad de ser flexibles.

     

    Mentalizar supone una defensa amortiguadora entre los sentimientos y la acción. Si se ha establecido la capacidad de mentalización, la posibilidad de sufrir un trauma ante una situación adversa disminuye, pues la experimentación del mundo interno y de un sí mismo coherente, da seguridad y protege (Fonagy, 2004).

    De hecho, esta capacidad es la que puede cortar la transmisión intergeneracional de traumas. El niño, al ser capaz de interpretar los estados internos del otro, puede de percibir que existe una diferencia entre las actitudes de sus maltratadores (por ejemplo) y las de las personas con las que interactúa en el presente (Fonagy  y Target, 2011).

     

     

    Los científicos Dicorcia y Tronick (2011), plantean que los niños se ven expuestos en su desarrollo normal a pequeños fallos que surgen en la relación con su cuidador principal, tendrán un desarrollo socioafectivo óptimo. Esto coincide con el concepto de “madre suficientemente buena” de Winnicott (una eminencia en la teoría del apego). No hablan de abandonar al bebé, hablan de los fallos esporádicos que todos podemos tener; la clave está en la reparación que hacemos de esa equivocación, en saber explicar que aunque un día no lleguemos a tiempo, no le hemos abandonado. Que aunque alguna vez no consigamos calmarles, estaremos ahí para acompañarles si lo necesitan. Que nadie es perfecto, ni siquiera mamá o papá, y que ellos tampoco tienen porqué serlo. Son aprendizajes importantes que pueden llevarse a cabo sólo si se han puesto previamente unos buenos cimientos y la relación de apego es segura y consistente.

     

    Por último señalar que, si bien la capacidad de mentalización y regulación emocional se generan en el seno de las relaciones de cuidados tempranos, la posibilidad de desarrollarla no se detiene ahí. El entorno familiar inmediato juega un papel esencial durante los primeros años, pero se ve influido por la familia extensa y, más adelante por otros adultos significativos fuera de la familia, por los iguales e incluso por características culturales y sociales más amplias (Twemlow, Fonagy y Sacco, 2001, 2005)

     


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