• Cuando nos invade la tristeza

    LA TRISTEZA ES UNA EMOCIÓN DOLOROSA, PERO NECESARIA

    La tristeza aparece en las situaciones dolorosas de nuestra vida. Nos apaga, nos inmoviliza y nos roba la energía.

    La tristeza duele pero, aun así, es una emoción necesaria en algunos momentos de nuestra vida. ¿Por qué? Porque a veces es necesario detenernos, parar y pensar, y la función de la tristeza es llevarnos a ese estado.

     

    Como decíamos, la tristeza aparece en los momentos dolorosos. Aparece cuando algo nos hace daño, cuando sufrimos una pérdida o cuando atravesamos circunstancias frustrantes y complejas. Aparece cuando alguien nos decepciona, cuando perdemos la confianza o las esperanzas que habíamos depositado en esa persona. También aparece cuando sentimos que no podemos hacer nada para cambiar nuestras circunstancias, cuando nos rendimos.

    Es importante comprender que la tristeza no sólo aparece ante situaciones reales. En ocasiones, nos sentimos tristes al imaginar o comprender determinadas cuestiones, aunque no hayan sucedido todavía. Aparece cuando perdemos algo que jamás tuvimos, cuando soltamos un deseo o una ilusión.

     

    Cuando nos aferramos a algo invertimos mucha energía en ello, nos agotamos en el intento de mantenerlo. La tristeza, al arrebatarnos nuestras energías, permite que podamos, por fin, soltar aquello que tanto deseábamos pero que tanto nos dañaba. Y es que, a veces, hay que soltar, por triste que eso resulte.

     

    Cuando nos sentimos tristes, nos sentimos vacíos, perdidos, solos y carentes de ilusión. Pero este estado de parálisis nos permite sumergirnos en un refugio para la reflexión que nos permitirá elaborar nuestra pérdida y realizar los ajustes necesarios para el cambio que supone.

    La tristeza nos hace detenernos y mirar en nuestro interior. Esa inactividad deja paso para la reflexión y la elaboración. De hecho, en los estados de duelo, al principio se suelen sentir otras emociones como el enfado o la ansiedad; cuando llega la tristeza pura, es porque vamos por el buen camino.

     

    La tristeza es la emoción que precede a los periodos de cambio y crecimiento personal. Si somos capaces de mirar a la tristeza a la cara, podremos aprender más de nosotros mismos de lo que imaginamos, nos fortaleceremos y saldremos a delante.

     

    El problema es que es un estado de ánimo tan desagradable, que mucha gente huye de él. Durante los periodos de duelo y tristeza, es importante mantener un equilibrio entre el entretenimiento y la conexión emocional. Ser capaces de abstraernos de cierto malestar es positivo; si nos limitamos a enterrarnos con nuestra tristeza, podríamos derivar en un estado depresivo.

    Pero si tratamos de huir de la tristeza, si tratamos de reprimirla, sólo conseguiremos desarrollar algún tipo de sintomatología adicional; por ejemplo un nivel de actividad frenético que no de pie al descanso y a la soledad; o el consumo de alcohol u otras sustancias; o la búsqueda de relaciones vacías que al final no hacen sino acrecentar el vacío previo.

    Reprimir de manera constante los estados de angustia y tristeza es patológico; si persistimos en ello, acabaremos desencadenando otros estados emocionales aun más fuertes y, a largo plazo, llegaremos a un punto de nuestra vida en el que ni siquiera reconozcamos en qué nos hemos convertido. Y es que lo reprimido no muere, nos mata.

     

    Hay que tomar contacto con nuestro dolor, vivenciarlo, llorarlo y, sobre todo, hablarlo. Hablar de nuestros sentimientos, de lo que hemos perdido, de lo que nos duele, de lo que nos hace sentir culpables, de los recuerdos positivos y negativos, de las ilusiones y esperanzas perdidas. Una vez oí la expresión “hay que llorar con las palabras”. Creo que no puede ser más acertada.

    Y las palabras se pronuncian en presencia de otras personas que saben escucharnos. El apoyo social constituye uno de los elementos más importantes para la salud. Mucha gente dice que hay que aprender a estar solo. No voy a decir que no, pero matizaría que lo que hay que aprender es a estar a solas con nuestras emociones dolorosas.

    Hay que aprender a estar solas con nuestra tristeza, a no tener miedo a los momentos de dolor. Pues esos momentos debemos atravesarlos en soledad; la tristeza es un camino que nadie puede recorrer por nosotros, aunque haya gente que pueda estar ahí y acompañarnos. Si, el apoyo social es fuente de resiliencia, pero es básico dejar de tener miedo a quedarnos a solas con nuestra tristeza. De otra manera, ese apoyo social podría convertirse en una forma de evadir la tan necesaria conexión emocional.

    De hecho en los momentos más duros, no recurrimos a cualquiera, recurrimos a quienes son nuestros seres más queridos, familia y amigos que están ahí incondicionalmente para echarnos una mano en nuestro camino. En los momentos más difíciles, nuestra soledad no se rompe con cualquier persona.

     

     

    Pero si bien la tristeza es sana, la depresión no lo es. Si la tristeza se prolonga y no conseguimos salir de ese estado, se acaba cronificando y puede conducir a la depresión. La depresión no nos proporciona un pequeño retiro o descanso, sino que paraliza nuestra vida. Cuando caemos a ese pozo, todos nuestros pensamientos adquieren una tonalidad apagada y oscura, nos enfocamos en lo negativo y dejamos fuera cualquier rastro de ilusión o de esperanza. La falta de energía se convierte en apatía y nos impide desarrollar actividades positivas o relacionarnos con nuestros seres queridos. Y todo eso nos va sumiendo cada vez más profundamente en el pozo.

     

    Pero existe otro tipo de depresiones, en las que las personas no exteriorizan su profundo dolor. Muchas logran funcionar con normalidad, llevar a cabo sus tareas y su trabajo, siguen con su vida como pueden, manteniendo una sonrisa que esconde la peor de las tristezas. La tristeza silenciosa y escondida que nadie ve, que les va consumiendo desde dentro hasta que empiezan a aparecer síntomas como ansiedad, irritabilidad,  falta de concentración o adicciones. Estos síntomas son la tristeza intentando salir a la luz, pues no hay emoción que pueda reprimirse eternamente.

     

    Si sientes tristeza, no tengas miedo a sentirla y, sobre todo, no la reprimas. Deja que pase sobre ti, permite un momento de descanso y, una vez lo hayas vivenciado, busca apoyo en tu entorno e involúcrate en actividades que te hagan sentir bien. Toma conciencia de lo que la tristeza te está pidiendo a aprende a valorar su sabiduría. Si detectas que la tristeza no pasa, que cada vez toma más fuerza, entonces es que estás siendo intoxicado por esta emoción y que está perdiendo su funcionalidad.

     


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