Mecanismos de defensa: el equilibrio mental en la cuerda floja

MECANISMOS DE DEFENSA PSICOLÓGICOS

LA DELGADA LÍNEA QUE SEPARA LO SANO DE LO PATOLÓGICO

mecanismos de defensa

Cuando un virus entra en nuestro cuerpo, se ponen en marcha las defensas de nuestro organismo para combatirlo y no enfermar. Del mismo modo, cuando algo amenaza nuestro bienestar emocional o desborda nuestros recursos, nuestra mente pone en marcha una serie de mecanismos de defensa para evitar el sufrimiento. Aunque en ocasiones, parece que evitar el dolor a corto plazo puede resultar positivo, a la larga puede ser bastante perjudicial.

 

 

Desde pequeños, vamos equipando nuestra mente con un sistema defensivo para afrontar las dificultades de la vida. Los mecanismos de defensa son procesos inconscientes o semiinconscientes que nos alejan de la realidad para permitirnos soportar situaciones dolorosas. El problema es que, al no afrontar el problema o conflicto de base, permanece latente e irresuelto, sepultado, pero provocando sensaciones en nuestro interior.

 

 

Los principales mecanismos de defensa son:

 

  • Negación: consiste en tratar ciertos aspectos de la realidad, problemas, pensamientos o emociones, como si no existiesen. Simplemente negamos su existencia. Por ejemplo, alguien que tiene una adicción, lo niega diciendo “puedo dejarlo cuando quiera, pero es que ahora no quiero”; es muy habitual durante los primeros momentos del duelo, cuando los momentos de negación suponen una anestesia ante el choque de la cruda realidad.

 

  • Represión: eliminamos de nuestra consciencia recuerdos, impulsos o emociones que nos perturban demasiado. Se envían al inconsciente, donde parecen olvidarse, o al menos relegarse a un segundo plano. Pero cuidado, pues lo reprimido, aun no siendo consciente, cobra mucha fuerza.

 

  • Regresión: sucede cuando retrocedemos a etapas anteriores de la vida. Al no tener recursos para afrontar una situación, como por ejemplo una discusión con la pareja, podemos volver la vista atrás y acabar volviendo a la adolescencia; entonces uno se encierra en su cuarto y se niega a hablar. Lo malo es que no sólo volvemos con el comportamiento, sino que volvemos a reexperimentar emociones clásicas de esa etapa; imagina volver a experimentar la rabia y la frustración de un adolescente…no resulta muy adaptativo. La regresión también es muy típica en niños que, ante la llegada de un hermanito, comienzan a hablar como bebés o a mojar la cama.

 

  • Desplazamiento: sucede cuando desplazamos una emoción que sentimos hacia determinada persona o situación, hacia otra contra la que es menos peligroso manifestarse. Por ejemplo, el enfado hacia nuestro jefe desaparece en su presencia, pero la emoción sigue viva dentro de nosotros y acaba siendo descargada inconscientemente contra otra persona. Otro ejemplo típico es desplazar miedos complejos hacia objetos tangibles, surgiendo así fobias que, a priori, podrían carecer de explicación.

 

  • Introyección: es el proceso por el que una persona incorpora patrones, modos de actuar y pensar o incluso aspectos de la personalidad de otros como si fueran propios. Durante la infancia el niño se identifica con sus figuras de apego para el desarrollo de muchos aspectos de su personalidad; si el proceso no se da correctamente, ese niño puede crecer con todos esos aspectos insertados, como cuerpos extraños, como algo que no ha digerido y que le resulta pesado llevar. Los adultos, cuando lo utilizan la introyección sacrifican su personalidad (inestable, pero personalidad al fin y al cabo), para asimilar como propio lo que otros dicen, piensan y son.

 

  • Proyección: es el proceso contrario a la introyección, pues se hace responsable al ambiente de lo que se originó en uno mismo; se vuelcan aspectos odiados de uno mismo, como deseos, emociones o características de personalidad, sobre otra persona. Aceptar esos aspectos tan inaceptables como propios podría resultar desastroso para nuestro autoconcepto; al proyectar, sentimos alivio y protegemos nuestra imagen personal. La cara negativa de esto es que el sujeto, en lugar de ser un participante activo de su vida, se convierte en un ser pasivo, víctima de las circunstancias y de los actos de quienes le rodean.

 

  • Racionalización: la persona sustituye sus motivaciones reales inaceptables por una explicación más tolerable y tranquilizadora, pero incorrecta y falsa. “Si el fin justifica los medios, buscaré un fin que sea aceptable”.

 

  • Intelectualización: es un mecanismo similar al anterior, por las personas se involucran en un discurso (interno o externo) excesivamente abstracto o técnico para no tener que enfrentarse a sentimientos dolorosos.

 

  • Formación reactiva: sucede cuando actúas de forma contraria a cómo realmente sientes o piensas. Además de reprimir un impulso, se mantiene a raya con un comportamiento opuesto, exagerado e inflexible.

 

  • Sublimación: un impulso o motivación inaceptable se canaliza hacia una actividad socialmente aceptada y constructiva. Por ejemplo, una persona muy obsesiva, podría encontrar un modo de canalizar esa ansiedad en un trabajo metódico; pero si en ese trabajo se encuentra con alguien interrumpa sus obsesiones, lo vivirá con gran ansiedad.

 

 

Muchos de estos mecanismos de defensa se desarrollan durante la infancia, en las relaciones afectivas que el niño mantiene y se van poniendo en marcha para protegerse de las posibles adversidades a las que se enfrenta. Cuando en lugar de adversidades, nos encontramos con situaciones traumáticas como el maltrato o el abuso, las defensas serán mucho más extremas; si no se pone solución, con el tiempo se irán volviendo rígidas y desadaptativas. No las hemos mencionado aquí por su complejidad, pero la disociación, la identificación proyectiva y la identificación con el agresor, son ejemplos claros.

 

Merece una breve mención un mecanismo de defensa realmente resiliente en niños, la fantasía creativa, que tiene como objetivo facilitar un relato interno con sentido, lo suficientemente coherente o aceptable como para proteger al niño de las experiencias traumáticas y de los augurios o expectativas negativas sobre las relaciones; es decir, que sirve de protección porque ordena la experiencia de modo que el mundo parezca un lugar donde el niño puede tener algún tipo de control. Las fantasías infantiles son un mecanismo normal y juegan un importante papel en la construcción de la identidad y de las expectativas sobre las relaciones; por ejemplo, las fantasías de de omnipotencia pueden ser un factor de protección para la generación de un narcisismo sano (Knox, 2003).

 

Es importante señalar que todos los mecanismos de defensa, incluyendo las fantasías, están al filo de la navaja, como si una línea muy fina separase lo sano de lo patológico. En la medida en que rechacemos ciertas defensas patológicas, seamos conscientes (o al menos, tanto como podamos) de cómo utilizamos los mecanismos y lo hagamos de una manera flexible, mantendrán su función protectora sin volverse en nuestra contra.

 


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Bibliografía:

Cyrulnik, B. (2002). Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida (10ª ed.). Barcelona: Gedisa

Fonagy, P., y Bateman, A. (2008). The Developmentof Borderline Personality Disorder – A Mentalizing Model. Journal of Personality Disorders, 22 (1), 4-21. doi: 10.1521/pedi.2008.22.1.4

Knox, J. (2003). Trauma and defences: their roots in relationship. Journal of Analytical Psichology, 48, 207-233. doi: 10.1111/1465-5922.t01-2-00007

 

 

 

junio 20, 2015

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