• La profecía autocumplida y el poder de las expectativas propias y ajenas

    NACEMOS CON UNA MALETA LLENA DE EXPECTATIVAS, SUEÑOS Y TEMORES; PERO NO NUESTROS, SINO DE NUESTROS PADRES, DE NUESTROS ABUELOS, DE NUESTROS ANTEPASADOS. DE NUESTRA FAMILIA

    profecía autocumplida

    Y con el tiempo, también vamos creando las nuestras. La profecía autocumplida viene a demostrarnos el poder que tienen las expectativas sobre lo que nos sucede. Pensar en el futuro es algo inherente al ser humano; todos planificamos, imaginamos o deseamos que ciertas cosas sucedan (o no sucedan). Pero a veces, nuestros pensamientos son tan potentes que acaban siendo la misma causa de que se cumplan, tanto en lo bueno como en lo malo. Esto es lo que sucede en una profecía autocumplida.

    La profecía autocumplida es una predicción que acaba siendo, en sí misma, la causa de que se haga realidad. Nuestro pensamiento se dirige a un resultado y orienta todas nuestras acciones, conscientes e inconscientes, al mismo.

     

     

    “Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, en ambos casos tienes razón” (Henry Ford)

    La clave es que, a veces, no distinguimos el mundo imaginario del real. Y motivados por la creencia de que la expectativa es ya una realidad, caminamos con determinación hacia la misma. Es como si pensamientos y acciones fueran retroalimentándose, de modo que al creer que algo sucederá, actuamos como si ya fuera cierto, provocando una serie de circunstancias favorables para que nuestra profecía se cumpla.

     

    Encontramos un buen ejemplo en las primeras impresiones. Dicen que es muy difícil cambiar una primera impresión, y así es. Si nos hemos forjado una imagen negativa de alguien, vamos a fijarnos más en todo aquello que confirme nuestras expectativas sobre esa persona; y no sólo eso sino que, además, vamos a proyectar emociones negativas en presencia de esa persona, lo cual dificultará realmente que pueda mostrarnos su lado bueno. Esto sucede porque nuestras creencias adquieren la forma de prejuicios. De nuevo actuamos como si lo que hubiera en nuestra mente, fuera una realidad, y no nos molestamos en contrastarlo. Los prejuicios contaminan nuestra mente, produciendo este sesgo hacia todo aquello que lo pueda confirmar y rechazando aquello que lo contradiga.

    Es casi como un impulso inconsciente motivado por la necesidad de sentir que tenemos cierto control sobre el mundo que nos rodea puesto que “yo calo muy bien a las personas, las veo venir de lejos”. Pero en realidad, en muchos casos (no en todos), no es más que una profecía autocumplida.

     

     

    Las profecías autocumplidas suelen adquirir fuerza si conectan con nuestras emociones más profundas; una de las emociones más vulnerables es el miedo. Cuanto más tememos algo, más lo atraemos. Si temes equivocarte, aumentas las posibilidades de error. Si temes caer mal, actuarás forzado y causarás malas impresiones. Si temes que tu hijo sea infeliz, lo mismo. Ojo, que actuar en base a miedos suele llevar a una serie de conductas compulsivas que pueden acabar provocando lo que más temíamos. No es lo mismo querer lo mejor para alguien, que temer lo peor, ¿verdad?

     

    En estos procesos entra un juego un complicado proceso de proyecciones e introyecciones inconscientes. Por ejemplo, una persona celosa e insegura, podría empezar a temer que su pareja le sea infiel o le vaya a abandonar. Se forma una idea de lo que su pareja “va a hacer” y actúa de tal manera que, sin darse cuenta, acaba provocando el peor de sus temores, que le abandonen.

     

     

     

    Somos, hasta cierto punto, lo que otros esperaban que fuéramos

    Del mismo modo que nuestras creencias afectan a la realidad que vamos construyendo, nos podemos ver influidos por las expectativas que las personas que nos rodean tienen de nosotros. Y es que no podemos negar que las personas somos, hasta cierto punto, aquello que nos adjudican, la confianza y las expectativas que depositan en nosotros, la imagen que nos devuelven reflejada.

     

    Esto adquiere gran importancia en el caso de los niños y adolescentes. Un niño va desarrollando su identidad a través de la imagen que sus padres reflejan de él; y la imagen que lo padres tienen de sus hijos está mediatizada por las expectativas que se han ido creando sobre los mismos.

    En nuestra niñez crecimos influidos por nuestros padres, hermanos, tíos o abuelos; también por nuestros maestros, amigos y compañeros de clase. Es más, antes de nacer, nuestra familia ya se ha creado una serie de expectativas sobre nosotros. Nuestros padres habrán fantaseado con cómo íbamos a ser, con cómo sería su familia. Todas sus expectativas, sus sueños y deseos, forman parte del bebé que viene al mundo ya con esa carga.

     

    Con todas estas expectativas los niños van a salir al mundo. El desarrollo de la propia identidad tiene mucho que ver con las creencias o expectativas que el entorno tiene del niño. En una familia, cada miembro va ocupando el lugar que le ha sido adjudicado, consciente o inconscientemente, por el resto de miembros. Si la hija recuerda a la abuela, los padres quizás depositen rasgos de la abuela en la niña, devolviendo una imagen falsa que acabará por adquirir. Y así tenemos a al rebelde, al deportista, al inteligente, al tranquilo, al bueno, al vago… Hay que tener mucho cuidado con las etiquetas que utilizamos, pues no son sólo etiquetas, son una auténtica profecía autocumplida.

     

    De algún modo, podemos vivir la vida de nuestros antepasados, porque, de algún modo, ellos también viven en nosotros, a través de todos esos deseos o mitos transmitidos de generación en generación. En ocasiones, las expectativas de los padres son tan rígidas que no permiten a sus hijos vivir su propia vida, si esta se aleja de lo que tenían planificado. En muchas ocasiones, uno puede quedarse atrapado en las expectativas de los demás, en lugar de desarrollar las propias.

     

    Durante la adolescencia, el comportamiento denominado “rebelde”, tan temido por los adultos, no es más que la manera que tienen de encontrar su propio camino y quitarse de encima la carga de las expectativas parentales; los psicólogos lo llamamos “proceso de individuación”, por el cual uno termina de forjar su carácter y sus motivaciones vitales.

     

     

    Así pues, recomiendo tener cuidado con las expectativas que depositamos en los demás, del mismo modo que debemos tenerlas con las que se depositaron en nosotros.

    No demos nada por hecho, todas nuestras creencias deberían ser revisadas de vez en cuando. Ser capaces de contrastar aquello de lo que estábamos seguros es un signo de sabiduría y salud mental.

    Vivir para satisfacer los deseos que otras personas han puesto sobre nuestros hombros, es una carga tremenda que nadie merece. Hay que saber dónde está el límite. Hay que saber dar, pero sobretodo, hay que saber darnos a nosotros mismos.

     

     

    “No hay alivio más grande que comenzar a ser lo que se es. Desde la infancia nos endilgan destinos ajenos. No estamos en el mundo para realizar los sueños de nuestros padres, sino los propios.”

    Alejandro Jodorowsky


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