• Psicofármacos: uso o abuso

    psicofarmacos

    ¿Se está haciendo un uso indiscriminado de los psicofármacos para el tratamiento de los trastornos mentales?

     

    No podemos olvidar el alarmante aumento de las enfermedades mentales que se ha dado en los últimos años. La autora norteamericana de referencia, Marcia Angell, ha declarado en varias ocasiones que la comercialización de los psicofármacos podría estar promoviendo un modelo médico que consiste en definir el trastorno por un listado de síntomas “casualmente” sensibles a la medicación, descontextualizándolo por completo de su perspectiva más psicológica. Y en consecuencia, limitándo su tratamiento.

     

    Los datos sobre las recetas emitidas por la Seguridad Social en España indican que el consumo de antidepresivos se ha triplicado en nuestro país en los últimos 10 años. El modelo médico del que se parte en los centros sanitarios, junto la amplitud de los criterios diagnósticos, hacen que hoy en día se receten fármacos de forma abusiva para problemas psicológicos. Esta práctica está totalmente normalizada y, lo que es peor, no se valoran las consecuencias.

     

    Numerosas investigaciones (ver Irving Kisch), han puesto de manifiesto que no parece haber diferencias significativas entre la mejora de los pacientes a los que se administran antidepresivos y los que son sometidos a un tratamiento placebo. De aquí podríamos deducir que la confianza en el tratamiento y la sugestión personal son más potentes que el medicamento en sí. Sin embargo, se ha demostrado que ante depresiones muy graves, estos fármacos sí tienen un efecto mayor que el placebo; alivian la sintomatología a corto plazo y permiten a la persona empezar a funcionar.

    De esto se desprende una cuestión de gran relevancia para nuestra profesión: la necesidad de inclusión de más psicólogos en los centros de atención primaria que pudieran hacer un diagnóstico en profundidad para ver qué es lo que necesita cada persona en particular.

     

    Autores como Héctor González y Marino Pérez publicaron un libro llamado “La invención de los trastornos mentales ¿Escuchando al fármaco o al paciente?”; en él, denuncian que las categorías diagnósticas tienen más que ver con los intereses comerciales de la industria farmacéutica que con los intereses de los pacientes. A la luz de estos datos parece claro que las farmacéuticas tienen demasiado poder sobre el ámbito de la salud mental.

    No hay más que echar un vistazo a los estudios médicos, habitualmente financiados por la empresa que comercializa el producto, para darse cuenta del control que ejercen en la investigación de sus propios medicamentos y lo sencillo que es sacar al mercado una nueva medicación. Son compañías con ánimo de lucro y, por lo tanto, va a primar en muchos casos la rentabilidad frente al beneficio del paciente.

     

    No debemos criminalizar el uso de psicofármacos sin tener en cuenta que, para algunos trastornos, su uso sí está justificado (antipsicóticos, estabilizadores del estado de ánimo…). También es cierto que antidepresivos o ansiolíticos son útiles en algunos casos (alivian los síntomas y permiten que la persona pueda recuperar cierta funcionalidad a corto plazo). Pero los trastornos mentales no pueden ser en ningún caso entendidos como una enfermedad cualquiera, susceptible de curarse con un medicamento. Como profesionales, debemos tener claro que el hecho de que un medicamento contrarreste cierta sintomatología no significa que lo cure, ni que el síntoma sea la causa. Y, sobretodo, que tomar medicamentos a largo plazo puede resultar perjudicial para la persona y que nunca será suficiente por sí solo.

     

    Aunque los psicólogos no podamos recetar, sí debemos tener presente que, antes de medicar a un paciente, habría que evaluar seriamente los beneficios frente a los perjuicios: las posibles alteraciones neuronales que aumentan el riesgo de recaída o la habituación, así como la dificultad de retirada de la medicación, que convierten a algunos pacientes casi en adictos al fármaco. La edad también es importante, los efectos adversos no sólo son mayores en niños, sino también en ancianos; por ejemplo, hoy se sabe que el uso de benzodiacepinas (ansiolíticos como diazepam o lorazepam) puede precipitar el avance de las demencias.

     

    Los trastornos mentales no están recibiendo en tratamiento adecuado desde los centros de salud, por lo que es de esperar que esta tendencia al alza se mantenga si no cambia la cultura de la medicación frente al tratamiento psicológico. Queda en nuestras manos aportar nuestro granito de arena, actuando con ética y profesionalidad y fomentando siempre el beneficio de nuestros pacientes frente al propio.

     

     


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    Bibliografía:

    Marcia Angell (2011). The Epidemic of Mental Illness: Why?. The New York review of books
    Irving Kirsch (2010). The Emperor’s New Drugs: Exploding the Antidepressant Myth. Basic Books

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