• Resiliencia: la capacidad de superar las dificultades de la vida

    Por qué algunas personas se sobreponen a la adversidad mejor que otras, e incluso salen fortalecidas de las dificultades o tragedias.

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    ¿Qué hace que una misma situación afecte al desarrollo emocional de algunos niños mientras otros siguen su curso normal hasta la vida adulta? ¿Por qué un niño maltratado se convierte en maltratador y otro en un padre cariñoso? ¿Cómo puede ser que unas personas se recuperen psicológicamente tras un atentado terrorista, mientras que otras quedan marcadas de por vida? Como dijo Boris Cyrulnik (experto y precursor en este campo), la resiliencia es el arte de navegar en los torrentes, de transformar el dolor para darle sentido; la capacidad de ser feliz, incluso cuando se tienen heridas en el alma”.

                El estudio de la resiliencia se está poniendo de moda durante los últimos años, en los que los especialistas en salud mental intentamos comprender qué diferencias existen entre las personas que se sobreponen a atentados, guerras o desastres naturales y las que quedan traumatizadas de por vida. El Dr. Cyrulnik, es un claro ejemplo de resiliencia: sobrevivió con sólo 6 años a un campo de concentración nazi, en el que sus padres fueron ejecutados. Pasó gran parte de su infancia deambulando por centros de acogida, hasta que la suerte le llevó a una granja, donde unos vecinos, con amor y perseverancia, le ayudaron a recuperar el sentido de su vida. Ha dedicado su carrera a estudiar los procesos de recuperación al trauma infantil; a estudiar la resiliencia.

     

     

    ¿Qué es exactamente la resiliencia?

    Se trata de la capacidad de resistir o recuperarse de desafíos, adversidades, tragedias y situaciones traumáticas sin que estas dejen una huella negativa y perdurable en nosotros, sino todo lo contrario (Cyrulnik, 2002; Masten, 2013). Es la capacidad de aprender de nuestros errores, de no derrumbarse, de salir adelante. Un hecho terrible nos cambia, sí, pero la resiliencia hace que ese cambio sea en positivo, que salgamos fortalecidos en vez de debilitados. Lo que implica este capacidad es que lo realmente importante no son las cosas que no suceden, sino como nos enfrentamos a ellas.

    Imagínate la siguiente situación: si se te cae un vaso de cristal al suelo, seguramente se romperá en pedazos; si se cae uno de madera o incluso de hierro, no se romperá, aunque podría quedar magullado. La situación es la misma para ambos vasos, pero el resultado no. La resiliencia es, en cierto modo, el material del que estamos hechos; y puede ser un material frágil que se rompe fácilmente y que cuesta mucho recomponer, o un material duro que aguanta los golpes, aun con cierto sufrimiento.

     

     

    ¿Qué es resiliencia y que no es resiliencia?

    Resiliencia no significa invulnerabilidad. Una persona imperturbable no tiene porqué ser resiliente y, de hecho, podría denotar algún tipo de patología subyacente. Las personas resilientes sufren, lloran, sienten tristeza, miedo e ira. Pero saben manejar sus emociones. Los niños y adultos resilientes superan las adversidades de la vida sin arrastrar traumas ni alteraciones graves (Cyrulnik, 2001).

     

    Resiliencia no es adaptación. Ojo, adaptarse al entorno puede suponer una forma de supervivencia, pero alterar el desarrollo óptimo de un ser humano. Un niño que crece en un entorno hostil y violento, podría adaptarse desarrollando actitudes agresivas como mecanismo de defensa. La resiliencia implica algún tipo de cambio positivo, más allá de la mera adaptación. Es aquí donde mejor se comprende la influencia de la sociedad y la cultura en los procesos de resiliencia; lo que una cultura puede considerar adaptación, puede ser considerado desadaptativo en otra (Yates, 2006). Por ejemplo, características comúnmente aceptadas como facilitadoras de la resiliencia (como la valentía), pueden llegar a convertirse en un factor de riesgo si la adaptación a un entorno hostil las guía hacia un uso inadecuado (Freitas y Downey, 1998).

    En nuestro siguiente artículo hablaremos de las características de las personas resilientes. Entre ellas, quizás una de las más relevantes sea la capacidad de pedir ayuda, de confiar en otra persona y de ver más allá de lo que les ha sucedido para “seguir proyectándose en el futuro”; son personas que, pase lo que pase, saben que después de la tormenta, llega la calma.

     

     

    ¿De dónde viene la resiliencia? ¿Cómo se desarrolla? ¿Cómo puedo ayudar a un niño a desarrollar la resiliencia?

    La resiliencia es una capacidad que se adquiere durante la infancia y que permanece junto a nosotros el resto de nuestra vida, evolucionando con nosotros para bien y para mal. Los factores que contribuyen a que los niños desarrollen esta importante capacidad son:

     

    • Relaciones cercanas con adultos competentes y sensibles, tanto en la familia como en la comunidad más extensa: si el niño cuenta con unos padres que le cuidan y le dan seguridad, con los que desarrolle un vínculo sano, el niño podrá desarrollar resiliencia. En muchos casos, cuando los padres fallan en esta función, el niño podría desarrollar resiliencia con la ayuda de otros adultos de su entorno (abuelos, vecinos, profesores…), siempre y cuando la relación con estos otros adultos sea estable y perdurable en el tiempo.

     

     

    • Regulación emocional: los niños que aprenden a gestionar sus emociones de manera eficaz, serán más resilientes. La clave está en aprender a sentir toda la gama de emociones que existen sin resulten desbordantes o incontrolables. Sólo en un entorno familiar sano, seguro y estable (como decíamos en el punto anterior) los niños aprenderán a gestionar sus emociones.

     

     

    • Flexibilidad: los niños muy rígidos, excesivamente rutinarios e inflexibles, son menos resilientes que los niños flexibles, que se adaptan a los cambios y desarrollan recursos en cada situación que les toca vivir, sea fácil o difícil. Aunque protejamos a nuestros hijos, no debemos tenerles en una burbuja. Deben aprender desde pequeños, y con la seguridad que proporciona el apoyo incondicional de sus padres, a adaptarse a los cambios y las dificultades.

     

     

    • Opiniones positivas sobre uno mismo: la autoestima es el comienzo de todo, hay que ayudar a los niños a que tengan un concepto de sí mismo positivo pero ajustado a sus posibilidades reales. No quererse a uno mismo es de lo más negativo que hay, pero tener una imagen engrandecida o irreal puede traer consecuencias fatales para el desarrollo de la personalidad.

     

     

    • Sensación de autoeficacia: muy en relación con lo anterior, hacer sentir a los niños que son capaces de hacer las cosas por sí solos, que son válidos, inteligentes, hábiles, avispados, generosos… Las cosas que les decimos cobran muchísima importancia.

     

     

    • Amistad con iguales que tengan un buen ajuste emocional y un comportamiento prosocial. A medida que los niños crecen, las relaciones que van a mantener con otros niños van a ser de gran importancia. Haber tenido unos buenos amigos durante la infancia y la adolescencia mejora la capacidad de resiliencia de las personas.

     

     


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