• Las heridas emocionales de la infancia

    TODOS FUIMOS NIÑOS UNA VEZ…

    heridas emocionales

    Todos tenemos un pasado. Y si bien es cierto que el pasado ya no existe, lo que hoy somos viene marcado por lo que hemos vivido. Si rebuscas en tu memoria, puedes encontrar recuerdos felices, pero también recordarás momentos de tristeza, dificultades e incluso alguna situación traumática. Son estas experiencias las que están en la base de ciertas heridas emocionales.

    Algunas heridas cierran, sanan, se superan. Incluso de la infancia más dura surge la esperanza y la posibilidad de recuperación. Pero heridas otras no sanan. Otras nos han acompañado siempre, influyendo inconscientemente sobre nuestra forma de vivir.

     

    Como decía el experto en resiliencia, Boris Cyrulnik, una infancia feliz, no determina la vida. Aceptar nuestro pasado es el primer paso para cerrar las heridas que surgieron de él, ser consciente del influjo que tienen sobe nuestra vida es el segundo paso:

     

    1. Rechazo:

    Una de las heridas más comunes, que puede tener su origen en experiencias de rechazo y no aceptación de los padres, hermanos y familiares cercanos, o de los iguales a medida que el niño crece. Si un niño recibe señales de rechazo, en su interior crecerá la semilla del autodesprecio, la sensación de que algo malo habita en él; pensará que no es digno de amar y ser amado y, ante ese dolor, reprimirá sus emociones. Los niños rechazados pueden desarrollar un estilo de apego “evitador”; es decir, crecerán sin conectar son sus emociones, evitando la expresión de las mismas y manteniendo una actitud fría y distante en sus relaciones; es como si se pusieran una coraza externa, pero se encierran dentro de la misma con todo su dolor.

    Si alguien sufrió rechazo durante su infancia, lo revivirá vaya donde vaya; ante la mínima crítica, sentirá el sufrimiento de ese niño interior herido. Como forma de compensarlo, necesitará la constante aprobación de los demás y no tolerará opiniones distintas a la suya, ni tampoco críticas.

    La forma de curarte es comenzar a valorarte y a mantener a raya esa voz interior tan dura y tan crítica que retumba con mensajes de tu infancia.

     

    2. Abandono

    A veces, lo que los niños reciben no es rechazo, sino abandono emocional. Niños que no han recibido afecto suficiente, o que lo han recibido de manera inconsistente o inadecuada. Niños cuyos padres cubrieron sus necesidades fisiológicas pero no las afectivas. Niños que no recibían apoyo cuando lo necesitaban, que no sintieron queridos. Niños que crecieron con una sensación de soledad en su interior tan grande que, de adultos, nadie consigue llenar.

    Si alguien sufrió durante su infancia soledad y abandono emocional, aprenderá a a vivir sus relaciones con miedo, inseguridad y recelo. Será más vulnerable de caer en relaciones de dependencia afectiva, porque el simple hecho de imaginar una ruptura es demasiado aterrador; su niño interior se revuelve cada vez que debe afrontar una separación, por corta que sea. Demandarán atención constante de su pareja, hiperactivando ese sistema de apego infantil que nunca pudo desarrollarse con normalidad.

    La forma de curarte es que seas consciente de que el que sufre es tu niño interior, no el adulto que hoy eres. Aprende a disfrutar, poco a poco, de tus momentos de soledad, abraza al niño herido que llevas dentro.

     

    3. Humillación

    Muy relacionada con el rechazo, la humillación da una vuelta más de tuerca. Esta herida nos la hacen con la crítica y el insulto directo. Si para un adulto con recursos ya resulta doloroso ser humillado, imagina para un niño. Surge ante la desaprobación de unos padres que, además de señalar un defecto, humillan o ridiculizan. Esta herida es típica en las víctimas de acoso escolar; sufrir humillación durante el periodo de socialización con los pares puede traer como consecuencia una futura dificultad para desenvolverse en determinadas situaciones sociales, timidez, vergüenza y miedo al ridículo.

    Si la humillación (de padres o iguales) ha sido persistente y grave, las consecuencias de esta herida son bastante duras, similares a lo que sucede ante el maltrato. El niño puede interiorizar un modelo de relación en el que sólo existan dos roles: la víctima y el verdugo y adoptar una forma de relacionarse masoquista, en la que la humillación le haga sentirse cómodo, “como en casa”; o, en el sentido contrario, podría adoptar un estilo tiránico y cruel, como forma de desembarazarse del sentimiento de indefensión que le causó estar en el otro extremo de la relación.

    En ambos casos, para cambiar ese patrón disfuncional, debemos hacer las paces con nuestro pasado y personar a aquellos que nos dañaron, para soltar ese dolor.

     

    4. Traición

    Esta herida viene de las promesas incumplidas. Aunque no lo creas, el sentimiento de traición y desconfianza viene, en muchas ocasiones de estas situaciones, así que piensa antes lo que les vas a prometer a tus hijos.

    Las personas con esta herida sufren sentimientos persistentes de aislamiento y desconfianza. La única forma de sentirse bien es controlando compulsivamente personas y situaciones; de ahí su intolerancia a las eventualidades o, simplemente, a los cambios de planes.

     

     5. Injusticia

    Esta herida viene de una educación autoritaria y no respetuosa hacia los niños. Las exigencias y castigos severos, las normas que nunca se explicaron ni comprendieron dan lugar a un profundo sentimiento de injusticia. De adultos, serán rígidos, no sabrán dialogar ni negociar; no tolerarán ideas diferentes a las suyas y reprimirán sus emociones, pues no tuvieron la oportunidad de expresarlas y gestionarlas en un entorno seguro y motivador.

     

     

    Maltrato físico o abusos:

    Cuando un niño es maltratado, debe enfrentarse a la terrible realidad de aceptar que, quien debería quererle y protegerle, es quien le daña y le hace sufrir. El maltrato supone una suma de todas las heridas emocionales posibles, a un nivel más profundo y nocivo que en los otros casos. Si los niños abandonados crecían con miedo a la soledad, la soledad del niño maltratado se vuelve intolerable. Si los niños rechazados creían que algo malo habitaba en ellos, en el caso del maltrato, hasta las emociones se vuelven peligrosas. Si los niños humillados crecían con un modelo de relación víctima-verdugo, en el caso de maltrato, este patrón será mucho más rígido y extremo; o maltrato o soy maltratado, el fuerte tiene derecho sobre el débil, quien te quiere te hace daño, el mundo es un lugar cruel…

    Siempre hay posibilidad de recuperación pero si el maltrato persiste y nadie pone remedio, la personalidad de ese niño quedará quebrada y dañada, y desarrollará un modo disfuncional de relacionarse en el que reactuará una y otra vez el dolor vivido durante la infancia. (Ver trauma temprano)

     


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